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La ilusión, el virus que se contagia

Ayer fui al fútbol. Y no me gusta el fútbol. Bueno, no me gustaba.

Me lo pidió mi familia. Un partido del Atlético de Madrid. Y fui con toda la convicción de alguien que va al dentista, sabiendo que no me iba a pasar nada grave, pero sin ningunas ganas de estar ahí.

Entré al estadio con los auriculares mentales puestos, calculando en cuántos minutos empezaría a mirar el móvil. Y entonces pasó algo que no tenía previsto: la gente a mi alrededor empezó a vibrar.

No es una metáfora. Vibraba de verdad. Gritos, tensión, abrazos con desconocidos, caras que llevaban toda la semana esperando ese momento. Había una señora mayor a mi lado que cada vez que el equipo tocaba el balón cerca del área hacía un ruido que no sé muy bien cómo describir, pero que me ponía en alerta máxima.

Y sin darme cuenta… me enganché.

Empecé a querer que ganara el que ya era nuestro equipo. Con fuerza. Sin saber muy bien por qué. Y al final del partido, el remate: la despedida de Griezmann, su último partido, me pareció de las cosas más bonitas que he visto en mucho tiempo. Un estadio entero diciéndole adiós a alguien que les había dado algo que no se compra en ninguna tienda.

Y ahí estaba la lección. La ilusión no se puede comprar. Pero sí se puede contagiar.

Nadie me vendió el fútbol. Nadie me hizo una presentación ni me mandó una propuesta de valor. Solo estuve rodeado de personas que creían de verdad en algo, que lo vivían con autenticidad, y eso, sin que yo tomara ninguna decisión consciente, me lo transmitieron.

En las empresas pasa exactamente lo mismo.

Los equipos más potentes no son los que tienen los mejores argumentos de venta. Son los que tienen una convicción tan real que se contagia sola. A los clientes. A los colaboradores. Al mercado.

La estrategia importa. El producto importa. Pero la energía que hay detrás de todo eso es lo que mueve a la gente de verdad. Ayer lo vi en un campo de fútbol. Lo veo cada día en los proyectos: cuando alguien entiende realmente su propuesta de valor y la vive con convicción, no necesita convencer. Contagia.

Y tú, ¿cuándo fue la última vez que te contagiaste de la ilusión de alguien? ¿Has tenido momentos, dentro o fuera del trabajo, que te cambiaron la perspectiva sin que lo vieras venir?

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