En el Kung Fu existe un principio que los maestros enseñan desde el primer día, aunque el alumno tarde años en entenderlo de verdad: el movimiento perfecto no es el más espectacular, ni el más complejo, ni el que más músculos activa.
El movimiento perfecto es el más limpio. El más eficiente. El que llega donde tiene que llegar sin sobra de energía, sin florituras, sin esfuerzo innecesario. Y, paradójicamente, llegar a ese movimiento limpio y aparentemente sencillo cuesta más que aprender cien técnicas complicadas.
Para hacer algo fácil hay que haber pasado antes por todo lo difícil, haberlo digerido, haberlo interiorizado, y luego tener la madurez —y el criterio— de dejarlo a un lado.
Eso es lo que muy poca gente hace.
Lo que suele ocurrir es lo contrario. Y lo he visto hace poco, en unas jornadas, con perfiles muy concretos que venían con unas expectativas muy claras. El evento llegó cargado. Denso. Lleno de capas, de profundidad, de conceptos que se apilaban unos sobre otros como si el objetivo fuese demostrar que había mucho que ver, mucho que enseñar, mucho que entregar. Y en algún punto del camino, alguien se olvidó de preguntarse para quién era todo aquello.
El resultado fue el de siempre cuando pasa esto: la gente se perdió. No por falta de inteligencia, sino porque la complejidad no estaba al servicio del aprendizaje, estaba al servicio del contenido.
El contenido no tiene participantes. Pero los participantes sí tienen necesidades.
Lo más curioso es que hacer eso —cargar, complicar, profundizar sin criterio— es, en realidad, lo más fácil para quien diseña. Es más sencillo volcar todo lo que sabes que elegir qué se queda y qué se va. Es más cómodo no preguntarse si este nivel de detalle tiene sentido para este perfil en este momento. Requiere menos esfuerzo no adaptar. Y, sin embargo, a quien se le llena la boca de “dar valor” y “entregar contenido de calidad” le cuesta reconocer que a veces dar más es dar menos.
El maestro de Kung Fu que enseña el movimiento perfecto no lleva treinta años acumulando técnicas. Lleva treinta años descartando las que sobran.
Yo he aprendido esto a golpes, como casi todo. Hay una diferencia enorme entre saber mucho de algo y saber qué parte de lo que sabes necesita la persona que tienes delante. La primera es erudición. La segunda es criterio. Y el criterio cuesta mucho más de desarrollar, como el movimiento limpio del Kung Fu.
La próxima vez que diseñes un evento, una presentación, una propuesta o lo que sea, hazte una sola pregunta antes de añadir la siguiente diapositiva: ¿esto es para mí o es para ellos?
Si la respuesta te incomoda un poco, ya tienes algo que repensar.